La tucumana Cristina Pérez lanzó su nueva novela sobre Vidas pasadas y terapias de regresión

En “Tiempo de renacer”, la periodista ahonda en los enigmas de Simonetta Vespucio, la mujer que inspiró “El nacimiento de Venus” de Botticelli. Al final de esta nota puede leerse el comienzo de la novela.

Personajes 05/12/2023 Redacción ShowOnLine Redacción ShowOnLine

La periodista tucumana Cristina Pérez, conocida por conducir la edición nocturna del noticiero Telefe Noticias hace más de dos décadas, acaba de publicar su nuevo libro, Tiempo de renacer, una novela en la que mezcla la rigurosidad de la historia del arte con una de las más novedosas exploraciones sobre las revelaciones de la mente humana: la regresión, también conocida como terapia de vidas pasadas.

Según relata Infobae, esta es una novela con un pie en el presente y otro en el pasado. Su protagonista, Helena, es una modelo italiana que un día, mientras pasea por la célebre Galleria degli Uffizi, se desmaya al ver El nacimiento de Venus, el cuadro de Botticelli que se convirtió en un símbolo del Renacimiento. Pero cuando la van a asistir, todos se sorprenden al ver que la modelo es idéntica a la mujer que protagoniza el cuadro.

El inexplicable suceso la impulsa a iniciar una terapia de regresión que la llevará a desentrañar el misterio sobre Simonetta Vespucio, la mujer que inspiró la Venus de Botticelli, y su conexión con ella. ¿Acaso fue esta modelo la musa del pintor en otra vida?

“Todos tenemos un enigma por resolver sobre nosotros mismos. Pero para lograrlo debemos descubrir que existe esa pregunta interior. ¿Quién soy?”, se plantea la autora en la introducción de Tiempo de renacer, cuyo comienzo puede leerse al final de esta nota. Después de La dama oscura, Cristina Pérez sorprende a sus lectores una vez más con una biografía repleta de enigmas.

Así empieza “Tiempo de renacer”, de Cristina Pérez:

Todos tenemos un enigma por resolver sobre nosotros mismos. Pero para lograrlo debemos descubrir que existe esa pregunta interior. ¿Quién soy?

A veces no nos damos cuenta de que incluso nuestras más profundas angustias, son solamente preguntas. Preguntas formuladas desde lo que no sabemos de nosotros mismos y que claman por respuestas. ¿Para qué estoy aquí? ¿Dónde y en qué coordenada de este mapa que se camina a tientas estoy ocupando realmente mi lugar? ¿En qué nota de esta partitura, resuena en armonía mi destino? Porque la vida solo tiende a seguir su curso, a florecer hasta lo más conmovedor de su belleza. Pero a diferencia de una rosa o del vuelo excelso de las aves, somos nosotros, pequeños e ignorantes, los portadores de este secreto, las auroras de nuestra identidad. Por eso, en la búsqueda, nacemos y renacemos. Por eso, siempre es tiempo de renacer.

Siempre es tiempo de Renacimiento.

Siempre la había acompañado una sensación de intermitencia, de estar y no estar. De pertenecer a medias. Como si pudiera entrar y salir de esos mundos que la rodeaban. En ese momento, de hecho, no soportaba ni escuchar a la guía que, con voz estridente, repetía su coloquio sobre arte medieval a un nutrido contingente de viajeros. Se salteó la primera sala para ganar algo de paz y dejó atrás esas madonnas con sus niños, pintadas sobre plafones de madera con fondo dorado.

Casi sola, extrañamente sola, empezó a sentir el desacople de la realidad que irrumpe como una sutil anestesia en los museos. Las formas en los cuadros iban cambiando. El sensual púrpura, el suntuoso azul, el incandescente amarillo, el verde atemporal, estallaban de pronto en cuerpos voluptuosos y místicos a la vez, santos pero bellos. Madonnas más humanas, con ruborizadas mejillas y niños enigmáticos, cándidos y adultos a la vez. Las vírgenes del Renacimiento eran mujeres. Las vírgenes medievales eran íconos. De pronto, las mujeres corporizaban virtudes y gracias, además de martirios y devoción. Eso dedujo. Sin mucho entendimiento. Algo se iba descomprimiendo en su cabeza. Por fin.

Y fue en ese momento adecuado e inesperado, que sintió repentinamente la desnudez. Primero percibió un rubor en la cara y la sensación refrescante de una brisa marina que parecía venir de ese cuadro. Helena caminó directo hacia la pintura. Era como si se acercara a una ventana abierta, no a un cuadro. Le pareció raro. Quizás era por ese cielo suavemente celeste, casi confundido con el agua de un verde transparente. Quizás era por haber desconectado al fin de todo lo otro. En una milésima de segundo le quitó los ojos a la visión para buscar el nombre de la obra. “Sandro Botticelli, claro”, se dijo. Y regresó con la mirada al rostro de ella, de Venus.

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